domingo, 26 de julio de 2015

Vuelo fotográfico en Quito con Marcos López



Soy extrañamente feliz con esta foto...



Vuelo fotográfico en Quito con Marcos López  junto a la bella dama de la Independencia….
Estallido multicolor, pluricultural, fotográfico y diverso se dio en el taller fotográfico de Marcos López realizado en el Centro Cultural Metropolitano situado frente al Palacio Presidencial en la conocida Plaza de Independencia cuyo monumento constuido a los próceres de la Independencia de 1809 fue propiciado por el mismísimo Eloy Alfaro, ahí se erige en el centro una escultura con la bella dama de la Independencia llevando la tea en su mano izquierda, símbolo de la luz del conocimiento, acompañada del cóndor liberado de las cadenas de la opresión y castradora colonización; y el león fortaleza implícita de la liberación de un pueblo sometido.

El  taller fotográfico con Marcos López en Quito, mágico, inesperado, los acontecimientos  sucedieron  deprisa, los buenos momentos son así se fugan, quedan huellas y memorias… Más aún, cuando escribo sobre huellas, que parecen diluirse extrañamente y aprisa en un pasado tendiente a tragarse las vivencias, convertirla en flashes, estallidos de imágenes, en fin sabios recuerdos;  y las fotografías se convierten en pactos silenciosos con el tiempo. ¿Se quedaran los recuerdos suspendidos en algún pedazo del universo del centro de Quito? Flotando en el aire, ¿Se convertirán los recuerdos en partículas borrosas de los seres en continuo transito? Ahora mismo en este actual instante...¿Se quedarán sabios recuerdos en una memoria fragilidad?, ¿Quiénes son ahora los testigos de las multitudes,  diversas, la pluricultural y su coexistencia?  Los transeúntes habitan en un cruce continúo. La fotografía se convierte en una especie de acto mágico- shamánico, catártico  cuya particularidad está en ese misterioso poder de preservar y pactar con el tiempo una alianza y  guardar los instantes, sean estos  reales o ficciones recreadas, al trasponer esos cuerpos, rostros diversos no tan ajenos con sus particulares en un espacio memorable, dando la ilusión de una observancia permanente en esas huellas de la realidad fotografiada. Transitó en estallidos de abrupta nostalgia… En esta zona de Quito transpira esa pluriculturalidad embriagante. Ancianos en la bancas leyendo periódicos de fechas vencidas, jóvenes enamorados besándose acompañados de espumillas de alcohol, los perpetuos tomadores de sol, los predicadores bíblicos de repetidos discursos dogmáticos, las azafatas del turismo vestidas de azul, los turistas tomándose fotos frente al emblemático monumento o en la entrada de la iglesia, las jóvenes madres indígenas vendedoras de chalinas de colores, el señor vendedor con su carrito de espumillas, la señora con su surtido y variado canasto lleno de golosinas, los abogados con portafolios, corbatas rojas, pancitas, poco cabello, zapatos lustrosos cruzando las plazas en lagunas burocráticas y adormecidos trámites, los niños lustrando y remodelandos los zapatos viejos. Un popurrí colorido de realidades diversas cruzadas en sinfonías inconclusas...
  A este vaivén mega diverso y tan quiteño llega Marcos López con su gorrita de lana roja, mochila, a dejarse permear de la realidad de la ciudad y sumergirse en esa piscina de múltiples existencias entre un Palacio Presidencial, una iglesia, el cruce permanente de multitudes, y entreacto el Centro Cultural Metropolitano. Durante el encuentro se realizó una charla, la cual casi me pierdo, no había espacio disponible, 
allí Marcos amablemente compartió su devenir fotográfico mientras subía y  bajaba de la silla, como actor- performer imbuido en su  propia obra y contar su devenir fotográfico, el  surrealismo criollo, el Pop latino, el patito amarillo de hule en múltiples versiones y amplificados tamaños, “Il Piccolo Vapore” la cantante de tango de labios rojo y sin zapatos comiendo pasta fría con fondo de un músico  con el bandoneón, la venta de panchos con fondos amarillos, Carla la hermosa cautiva,  Amanda la mujer de los cuquillos,  “El cumpleaños de la directora” la relación católica y restricciones dogmáticas en la formación académica,  las publicidades de adidas fotografiadas que transitan entre la marginalidad  y la pobreza,  el infaltable ekeko acompañado del altarcito ritual de peticiones, bendiciones para soportar la realidad, el retrato del boxeador con salchichas, los dos Fridos unidos por un líquido sanguíneo en un hospital, la película de Ramón Ayala, la conexión pictórica con Diego Rivera, Frida Kahlo, la presencia espiritual de Martin Chambi, Andy Warhol, el dibujo de Nastassja Kinski,  la bella historia de Paris Texas de Wim Wenders, Edward Hopper, Mapplethorpe entre las múltiples visiones artísticas, que transitan el universo de Marcos como amuletos inyectados a las venas o espíritus brillantes acompañantes de sus travesías, un amalgama para darle forma al caos y convertirlo en sus universos propios.  
El taller era una acción artística permanente in situ. Marcos  nos muestras una gigantografía de sus fotos y llega con una maleta de vestuario a lo Pop Latino, dónde atesora ropajes  de colores estridentes y tropicales que usa en sus fotos, para darle vida a sus personajes, habitar las puestas en escena como ritual - fetiche en un pasado. Luego, como acto de magia desaparecen los cuerpos de los vestuarios, fantasmas de una misteriosa ilusión psicodélica y de final impredecible, cuando las maletas se cierran, él regresa a casa cargado de sus tereques y nosotros nos quedamos con una maleta de ilusiones artísticas... Ahí en clase se daban las pruebas de vestuario, unos dibujo  de una idea de matrimonio, una posible rockera o Heidy. Inicia la acción fotográfica, el retrato colectivo de los señores y señoritas vestidos de azul del Centro Cultural Metropolitano con guantes amarillos fuertes, nuestra foto colectiva “Las y los talleristas concentrados y emocionalmente comprometidos”, la importancia y colocación de las manos como un juego a lo Mona lisa, luegos, las posibles locaciones, las personas a colaborar en los retratos. 
La más bella foto de la cual disfruté montones fue la de las jóvenes indígenas con sus ponchitos de colores habitando en una bella luz de atardecer de ensueño, irradiaban ellas su porpia luz brillante y pura, una de ellas estaba acompañada de su nene, tal vez de dos años, cerca de la pileta había una energía especial, misteriosa, el agua apacible en movimiento, la mujer selvática con fondo de tigresa de flores amarillas en el pecho, la chica maquillada con fondo rosa y mandarinas en los brazos, la virgen colorida de estrellitas en movimiento, cuadro tras cuadro, escena tras escena, una imagen se desvanecía y daba origen a la siguiente, una opuesta a la otra o distinta.

Un tigre exótico rumiaba y transitaba silenciosamente en las calles quiteñas, mientras Marcos López nos sorprendía con  días impredecibles, sacándonos de una realidad para habitar en su mundo ficción, personal mezclado de nuestra realidad.

Llegaba ahora sí la fotografía en una locación, un escenario vivo y real, la peluquería y Marcos caminaba con varias ideas, acumulando objetos iba y regresaba comprando  cositas faltantes para el  cuadro, los compañeros daban tratamiento a los fondos; los objetos no se dejaban liberados tanto al azar, sí en la mezcla pero no tanto en la ubicación en la escena, parecían  acoplarse unos con otros. Así se formaba, el cuadro pictórico- fotográfico, una puesta en escena de peluquería, acciones reconstruidas sobre la realidad representadas en el momento, y entablar un dialogo permanente entre la peluquera, sus varios clientes y clientas, las uñas pintadas de negro de una chica, un altar con el Divino niño rodeado de binchas coloridas de peluquería, los personajes ubicados en distintos planos, el cuadro se iba armando como un rompecabezas, en donde las fichas calzan de forma creativa en una interacción y acción contante entre  participantes,  objetos de peluquería, el fotógrafo, la iluminación, los compañeros, la maquillista.
En varias horas, la superficie de un lienzo vacío se iba cubriendo de personajes, para algunos participantes del cuadro, ese era su espacio real de trabajo diario, otros eran invitados a formar parte del imaginario creado, varias cámaras se disparaban desde diferentes ángulos tratando de testimoniar visualmente la construcción de la escena antes durante la composición…In situ se formaba  un universo paralelo, lo ficcional del cuadro pictórico fotografiado, creado por Marcos minuciosamente y  el tránsito por el umbral de la puerta hacia la realidad de la calle, tal cual sin intervención seguían los movimientos; adentro se gestaba ese mágico momento ahora guardado en una fotografía. Las personas del barrio se acercaban a curiosear, querían saber lo allí sucedía, hasta confirmar sí podían hacerse un corte de temporada.  Al día siguiente, los retratos en el centro de la plaza, un hombre vestido de amarillo, la adolescente de vestido rosa de fiesta, una bella indígena, ahí con los rebotes de luz, mis compañeros moviendo el fondo rosa, o el amarillo, en una caja de madera, especie de pódium apoyaban el  brazo; Marcos seguía fotografiando.
Ahí es cuando tomamos una rápida foto con fondo de flores rosa, el cierre de taller, en realidad, no lo era para Marcos, quién continuaría fotografiando la ciudad quiteña hasta los últimos momentos con su sensibilidad, sus contradicciones, su dominio técnico y artístico; y la inconformidad como potencial creativo. Soy feliz al participar mirar la intensidad de un hombre que busca y sigue buscando en el fondo del mar, en el cosmos, en el universo, en un país, en una ciudad  para sacar lo que nos cobija, como las cobijas de tigres que trae consigo, abrigan o acurrucan en la noche, sacar lo que representa, lo que habita, lo que transita mediante las imágenes. Como acto visceral de extraer los elementos de la realidad y construir sus cuadros pictórcios fotográficos reflejos de las coexistencia de universos paralelos.  Vivir el Pop Latino enraizado en carne propia, trasladado a los paisajes Latinoaméricanos, como suerte de performance. Marcos cobija, la desnudez pluricultural de Quito con su Pop latino de colores  chillones en una fiesta popular indefinible de salón de belleza, retoque popular, donde la mixtura diversa de cuerpos, formas, colores, vidas, uñas, leones, el infaltable altar, las bendiciones del Divino Niño construyen ese universo paralelo …

Marcos es un gran artista retrata las convergencias, cruce de esa ambigua y apoteósica pluriculturalidad  latinoamericana en reflejos universos poéticos, donde realidad y ficción transitan de la mano, y el cruce de la realidad con el arte convergen en una puesta en escena mitológica y fantástica huella de lo real. 
 Mis compañeros de taller al estilo Monalisa de Da vinci por Marcos López


sábado, 25 de mayo de 2013

lunes, 25 de febrero de 2013

Fragmento...

Fragmento del cielo…
Click fotos


La contemplación de la belleza del mundo natural,
a través de la elección de un fragmento de cielo delimitado por el perímetro del cuadro de una cámara fotográfica, a las 6 PM en la ciudad de Buenos Aires, momento en que el sol irrumpe con distintos colores sobre el cielo.
Una reflexión sobre el proceso, la posibilidad de perennizar el instante, los estados emocionales al momento de fotografiar, y sorprenderse por las variaciones posibles de la realidad.

Fotografiar un fragmento del cielo, un ejercicio personal, al momento de encuadrar una realidad, a través de la lente de una cámara; cuestionarme sobre el viaje entre lo real y lo representado en un soporte tangible. Exponer de alguna manera los factores, que intervinieron en el proceso, y la conexión al momento de fotografiar.  Este pequeño proceso partió de un juego, se volvió una pequeña obsesión, a la vez una alegría, capturar ese fragmento del cielo de la ciudad de Buenos Aires, a una hora concreta, 6 PM, momento, en el que el sol estalla sobre el cielo. Inspirada por la contemplación de la belleza poética, que una persona puede experimentar al subir la cabeza y posar los ojos sobre el firmamento. La palabra cielo limitante en su significado, no es uno solo, ni específico pues el cielo  se manifiesta ampliamente en diversidad de gamas, formas y colores expuestas a determinada temperatura ambiente, que influye en el cambio de tonalidades y formas. Acá describo algunas reflexiones:
 
Viaje entre la realidad y lo representado en un soporte tangible, al elegir un  encuadre particular
El sentido de pertenencia de una persona está determinado por una cultura, idiosincrasia, una  identidad que caracteriza a un país y la amplitud de experiencias particulares del individuo. Dichas singularidades, sumadas al fuerte interés artístico sobre la exploración de imágenes, la autonomía creativa hace que lo fotografiado, encuentre un camino único y personal; basada en la riqueza de las experiencias particulares, que encuentro al habitar un momento específico y considerar las circunstancias externas, azarosas que intervienen al elegir un encuadre, en un momento determinado, guiada por esa fascinación. Estos factores determinan, que me detenga en un espacio tiempo específico y plasme un instante concreto a través de la cámara.

¿Qué parte de la realidad se puede representar en una fotografía? Se pueden lograr variantes sobre esa realidad? En mi caso, elijo una parte de esa totalidad y  encuadro un fragmento de esa realidad, dentro del rectángulo delimitado por el perímetro de la cámara en uso. Elijo un fragmento de cielo de una ciudad bastante cosmopolita, rodeada de edificios bastante altos, donde la presencia natural es mínima. Mi inconciente buscaba la aproximación a lo natural. Me dejo guiar por la realidad que se me presenta, intento que lo capturado, sea lo más aproximado posible a lo que miro, sin intervención de tecnologías digitales. Me vuelvo un tanto purista.  Enciendo mi cámara, subo o bajo el f-stop, velocidad, asa de forma manual y acercar los colores que percibo de la realidad, a los que miro en el monitor pequeño de la cámara, trato que la variación sea mínima. Tengo la ventaja de elegir un plano inamovible, situación contraria, a los momentos, en los que he fotografiado en la calle;  y no hay mucho tiempo para optimizar los parámetros, las imágenes posibles suceden en el momento y uno está dispuesto a captarlas o intentarlo. Me desentiendo, por un instante de las imágenes que se  componen con objetos para quedarme con lo mínimo, es decir buscar el encuadre de un pedazo de la realidad de manera purista y aproximarme de manera fiel a lo representado. En este sentido, tenía la ventaja de hacerlo sin restricciones, debido a lo mínimo requerido para acceder al ejercicio, agarrar la cámara y fotografiar un pedazo aparentemente inamovible. En si mismo, el fragmento del cielo variaba en sus formas, texturas, colores, lo cual me hacia percibir, algo aparentemente obvio, la realidad está en continuo movimiento y mi interioridad emocional también. En el aparente proceso mecánico, que involucra el encender la cámara, verificar su carga, poner los parámetros a punto, mi estado emocional interior  y corporal se hallaba en un momento distinto. Entonces, podía  entender las posibilidades infinitas de manifestación de la realidad en un determinado espacio y tiempo, con la variación de mis estados emocionales cíclicos como  angustia, felicidad, melancolía, furia, seguridad. Me invadía la felicidad al contemplación lo sutil de la belleza, y el  guardar ese momento intangible en un soporte tangible. Nuestra memoria es fragmentaria, frágil, la cámara puede volverse un artefacto mágico, por la posibilidad de congelar el tiempo, y en un futuro revivirlo de forma anacrónico,  una especie de baúl hermético y personal de recuerdos, que tienen la posibilidad de revivir el pasado remoto en un presente dado. Sobretodo, siempre me ha llamado la atención cuando veo fotos de mi pasado, de mi niñez, en las cuales puedo revivir mis sensaciones y pensamientos a un presente bastante posterior. 
La realidad es infinita, múltiple, necesita la presencia de alguien que la observe y la plasme; que mejor manera, a través de una cámara fotográfica y lo maravilloso que se da al inmortalizar el espacio, tiempo en un soporte visible, tangible, perdurable como el papel para suspender esa realidad en el tiempo. 
A su vez, pensar que la fotografía tiene la particularidad de amplificar lo observado,  el que tiene un primer contacto con el momento a fotografiar, a través de un lente en un primer instante; y luego la posibilidad de compartir la imagen con la colectividad, testimonio indirecto, de lo que observa la primera mirada del fotógrafo. Pienso en algunas imágenes, que forman parte de nuestro legado colectivo como la foto de Yoko Ono y John Lennon vestidos de blanco con el cartel frontal y la frase escrita con letras negras, War is over; la de Marylin Monroe con su vestido blanco en pleno vuelo;  imágenes  testimoniales como las del muerte del Ché Guevara, que nos permiten evidenciar situaciones de injusticia, a través de los ojos que marcan ese instante particular y nos convierte en testigos semi presenciales de esa realidad.
Las imágenes se vuelven íconos, que posibilitan generar ideas nuevas  para escritores, dramaturgas, poetas, pintores, músicos así como la búsqueda para descifrar el pasado lleno de misterio. 
Mirar el cielo se vuelve un acto poético, la sensación de plenitud en un día cualquiera, sumado a la posibilidad de inmortalizar el instante y rendirle tributo a la belleza. 
Fotografiar se convierte en un continuo viaje de vida y muerte de instantes, en dónde se suceden imágenes frágiles, la posibilidad de captarlas y guardar esos encuentros por un período prolongado de tiempo en un soporte tangible...En el futuro rememorar recuerdos, cada vez que miramos o  encontramos alguna imagen concreta del pasado...Y mirar como nuestro  presente sigue en movimiento...

sábado, 24 de noviembre de 2012

“La llamada”



 “La llamada”  ópera prima dirigida del guayaquileño David Nieto Wenzell.

Quito, 25 de octubre del 2012

Hace varias semanas llegué de Buenos Aires a Quito. Siendo tan cinéfila, intento no perderme las novedades en cartelera. Me da alegría descubrir dos estrenos cinematográficos ecuatorianos de jóvenes realizadores en la cartelera este mes: “Sin Otoño y sin Primavera” de Iván Mora Manzano  y “La llamada” de David Nieto. Un acontecimiento bastante extraño en la ciudad. En otros tiempos,  esto sería casi imposible. Hoy un acierto que refleja un crecimiento importante de la cinematografía nacional y el desarrollo de la escritura. David Nieto realizó previamente algunos cortometrajes: “8”, “Sinfonía # 4”, “ No Tan Distintos” y “Gluk” video experimental. Ahora  “La llamada” su ópera prima, película que transcurre en un solo día. Aurora, la protagonista, una madre profesional que enfrenta situaciones conflictivas de su hogar y trabajo. Ese día, la situación familiar requiere una atención particular, su hijo Nico de 14 años fue expulsado del Colegio en el último día de clase. Esta situación preocupa y angustia a Aurora, que se ve obligada a dividirse en dos mundos, el de su hogar y el laboral. En el primero se mezclan sus afectos personales hacia su hijo, hermana, madre y ex marido, versus el segundo;  las relaciones laborales demandantes, amistad y cariño hacia una joven madre compañera de su trabajo. En un sistema social que exige la separación de lo laboral-personal, como si no existieran otras necesidades. Aurora se vuelve una especie de heroína, asume la responsabilidad de su hogar y trabajo, sin miramientos, entrega absoluta y abandono de su vida privada (relación de pareja, luego de su divorcio) en un continuo sobreesfuerzo por resolver las situaciones que demanda su trabajo. Dónde la frase No tengo tiempo es una constante en momentos acelerados. Velocidad que impide la permanencia y comunicación necesaria con el otro, por períodos más prolongados de tiempo, relegando a un segundo plano la comunicación por el simple hecho de hablar sin objtivo alguno.
En el tratamiento del guión se desarrollan dos espacios con diferentes ritmos y planteamiento de las escenas. El primero, el Colegio dónde Nicolás Dávila transita esperando a que llegue su Madre. Una espera aletargada, solitaria, penosa mata el tiempo por los recovecos del Colegio, sin mucho sentido más que el de la angustiosa espera, las horas se alargan sin el  bullicio de sus compañeros y demás  estudiantes del plantel. Nicolás comparte con personas, que conoce poco pero que alivian el peso de un espacio represivo en donde prima el principio de autoridad, donde conviven relaciones compatibles e incompatibles entre la edad de los adolescentes y adultos, comunicación atormentada y por otros fluida. El mejor amigo de Nicolás es el portero del plantel con quién inicia una pequeña amistad, un pequeño refugio del cual agarrarse.

Por el otro, la calle, muestra el movimiento acelerado de la ciudad. Esa sensación la vivimos a través de Anahí Hoeneisen como Aurora, que se moviliza a pie, taxi o auto a un ritmo acelerado. Una heroína intenta solucionar y resolver las situaciones, que se le presentan en el camino: un hijo amoroso desatendido, una joven madre con su bebé en el trabajo de asistencia, una jefa muy exigente, un ex marido ausente, una madre muy mayor necesitada de afecto y la presencia de sus hijas, una hermana desorientada, un perro recién castrado al que hay que recoger, un policía que le pide coima para liberar el auto.

Anahí intenta resolver las situaciones a través del teléfono y varia los estados emocionales en los llamados que recibe y hace a lo largo de la trama; el contacto permanente a través de un celular con conversaciones aceleradas y límite de tiempo. En el tránsito de su viaje se encuentra con desconocidos: un chico medio loco comparte su teoría sobre el huevo que se cocina si está en el medio de dos celulares, analogía de un cerebro cocinado por tanta tecnología; la  idea surge al mirar los dos celulares que sostiene Aurora en sus manos esperando un arte en una agencia de publicidad, la mala costumbre de pedir coimas por un auto mal estacionado y resolver esta situación en  apuros, un amigo taxista hippie con buen sentido del humor, una despistada y poco amable recepcionista.

Destacar algunas escenas, Anahí reclama las obligaciones para con su hijo a su ex marido escribiendo un mensaje con lápiz labial en la puerta de vidrio de su oficina frente al personal de trabajo. El moento que olvida el arte final sobre la superficie del automóvil.  En la fotografía conmueven las escenas que captura Daniel Andrade: la fuga del colegio por parte de Nicolás y cuando él se desliza en el agua jabonosa que baldea el portero por los pasillos del colegio.

Un mal día termina bien… Cuando finalmente Aurora se encuentra con su hijo, desconecta el celular desatiende los llamada y disfruta de su compañía libremente y sin presiones de ningún tipo.

No está demás decir que hay que ir a ver las novedades del cine nacional. Y ver reflejada en la imagen las particularidades de nuestra sociedad tan Quiteña…